¿Quién era Jaime Guzmán Errázuriz?

¿Quién  era  Jaime  Guzmán  Errázuriz?

Ideólogo del Opus Dei, de la dictadura cívico militar y del dictador de marras

Prof. Dr. Haroldo Quinteros Bugueño, Semanario Sur Andino/  Addhee.Ong

En  1978,  Jaime  Guzmán  Errázuriz,  asesinado  en  un  atentado  en  1992,  tuvo  la  idea  de  realizar  un  plebiscito  con  la pregunta si la ciudadanía consideraba o no a Pinochet como legítimo Presidente de la República. Como sabemos, tal consulta no se realizó, y en su lugar, un año y medio después se votó la constitución de 1980.

Como también sabemos, si se hubiera realizado en 1978 aquel plebiscito, los votos los habría contado la dictadura, sin registros de  votantes ni observadores extranjeros  y menos nacionales, tal como sucedió en  el vergonzoso fraude que fue el “plebiscito” para aprobar la actual Constitución, que justamente, redactó Jaime Guzmán con 6 personajes más pertenecientes a sectores extremos de la derecha fascista/ Opus Dei.

En  1978,  en  Televisión  Nacional,  Guzmán  fue  entrevistado  por  el  actor  y  animador  Jaime  Celedón,  quien  sugirió  a Guzmán que era necesario “dar espacio a la oposición en la televisión” antes de realizar esa consulta, especialmente a Eduardo Frei Montalva, quien fuera en 1973 el más conspicuo defensor del golpe de estado por su credibilidad como político  de  centro. No obstante,  en ese  año 1978, Frei se había  convertido en  un tenaz opositor a  la  dictadura.  A la observación de Celedón, Guzmán respondió textualmente:

Tú no entiendes.  Si les damos cinco minutos de televisión a Frei y a las viejas de los desaparecidos, perdemos la Consulta Nacional. Así que olvídense, nunca les vamos a dar esa posibilidad.

Vaya demócrata…  En cuanto a su muerte, vamos a servirnos de Shakespeare, el dramaturgo inglés autor dela conocida tragedia “Hamlet.”

Hamlet, príncipe heredero al trono de Dinamarca, descubre que Claudio, su tío, ha asesinado a su padre, ha seducido a su  madre,  la  reina,  y  se  ha  hecho  coronar  rey.  Hamlet  advierte  que  en  su  país  reina  la  corrupción  y  la  injusticia  y observa    que  por  ello  su  tío  no  será  jamás  juzgado;  vale  decir,  sus  delitos  quedarán  impunes.  En  su  conciencia,  el príncipe Hamlet, hombre justo y bueno, no podrá tener paz si no se impone la justicia, y como no hay quien la haga, tras muchas vacilaciones, finalmente mata al usurpador. El quid de la tragedia es que aquello que parece venganza es un  genuino  acto  de  justicia,  puesto  que  ésta  no  existe institucionalmente en  su  país;  por  lo  tanto,  el  asesinato  de Claudio tiene esa única explicación. Desde el punto de vista de la Filosofía del Derecho, siempre se dará la posibilidad que alguien que sufre una injusticia haga justicia con sus propias manos, puesto que la ley y la Justicia de Estado son inexistentes. Es, entonces, pertinente sacar a colación la tragedia “Hamlet” en el tema del atentado y muerte de Guzmán,  porque  contienen  las  interrogantes  que  debió  plantearse  el  príncipe:  Primero:  ¿había  justicia  en  Chile  en 1992,  y  si  no  la  había,  debería  él  hacerla  por  cuenta  propia?;  y  segundo,  ¿era  Guzmán  inocente  o  culpable  de  los asesinatos, torturas, farsas de juicios, desapariciones de  personas y demás crímenes cometidos durante la dictadura de Pinochet?

Respondamos estas interrogantes:

La primera: Nadie en  su sano juicio puede  afirmar que  había justicia de  verdad en  1992 en  nuestro país,  tanto en lo político como en cuanto la vigencia del respeto a los Derechos Humanos. En ese año, Pinochet era senador vitalicio y los asesinos, muchos de ellos hoy condenados y presos en Punta Peuco, se paseaban impunes por las calles; la Corte Suprema  aún  no  atendía  las  demandas  de  los  familiares  de  desaparecidos  y  asesinados  (“las  viejas  de  los desaparecidos,”  como  los  llamaba  Guzmán);criminales  calificados  como  Álvaro  Corbalán,  hoy  preso,  aparecían  a diario en la televisión justificando los crímenes de la dictadura; no había el menor indicio de reparación a las víctimas del régimen dictatorial, etc., etc. Por cierto, en 1992 se vivía un pacto político secreto entre la derecha oligarca empresarial sofofa (la que gobernó en dictadura) y la nueva y mayoritaria coalición que logró alejar al dictador del poder, la Concertación de Partidos por la  Democracia  (en  adelante,“ la Concertación / Nueva Mayoría”). Cierto,  era la llamada “política de los acuerdos,” suscrita por la misma  clase  política  profesional  de  hoy,  que  la    invoca  a  menudo  para  justificar  las  restricciones  a  la libertad  y  la democracia, entonces establecidas en la constitución de 1980.Bien, eso es política, no justicia. En todo pacto político, para  empezar,  participan  un  ínfimo  número  de  dirigentes  profesionales.  Indiscutiblemente,  para  ellos,  la  justicia  por los crímenes de la dictadura no era la prioridad en el pacto signado con la derecha que gobernó en dictadura, aunque la coalición  ganadora,  la  Concertación,  había  prometido al  pueblo  hacer  justicia  una  vez  alcanzado  el triunfo  en  el plebiscito de 1988. El punto, que fue reconocido después por el ex –presidente Lagos Escobar, era hacer a la derecha algunas concesiones que, a cambio, significaban terminar por la vía parlamentaria con los “enclaves autoritarios,” primer paso para acabar con la espuria constitución de 1980. Incluso, en su política de concesiones, la Concertación, ganadora de dos elecciones presidenciales consecutivas, ante el estupor de todo el mundo, llegó al extremo de salvar a Pinochet de ser  enjuiciado por  la  Justicia  internacional,  con  arreglo  a la Convención  de  las  Naciones  Unidas  sobre  Derechos Humanos de 1948.

La  Concertación  no consiguió  nada  importante en  ese  pacto,  aun  luego  de  satisfacer  a  la  derecha  en  su  desesperada demanda  por  salvar  al  dictador.  En verdad, ello fue, al fin de cuentas una derrota política para la gran mayoría de chilenos que habían ganado el plebiscito de 1988, las elecciones presidenciales de 1990 y 1994 y obtenido un mayor número de representantes en el Parlamento hasta el arresto de Pinochet en Londres.

De modo que a pesar de ser la Concertación mayoría, no la derecha, en 1992 el país seguía regido por la constitución redactada por la minoritaria derecha en dictadura e impuesta al país por la fuerza bruta, además de vergonzosamente “aprobada” en el fraude plebiscitario de 1980.

Resulta insólito que en 1992 siguiera vigente la “Ley de Amnistía General“ de 1978, cuya ilegalidad era indiscutible en  tanto  infringía  los  pactos  internacionales  en  materia  de  Derechos  Humanos suscritos por  Chile.  Según  esa  ley, concebida  y redactada  por Jaime  Guzmán,  los  crímenes  cometidos  por la  dictadura desde  el mismo día  del golpe  de estado de 1973 hasta 1978 estaban amnistiados.

Vamos ahora a la segunda interrogante, i. e., si Guzmán era o no inocente de los crímenes y sistemáticas violaciones a los Derechos Humanos que se cometieron en dictadura:

Aquí es preciso recordar, como punto de partida, que en Derecho, quien encubre, azuza o impulsa a otros a matar, es un criminal. Según ese principio, no cabe duda que Guzmán lo fue, como vamos a probarlo.

Partamos por conocer bien a Guzmán, a quien conocí en 1967. La vida política conocida de Guzmán comenzó por el año  1965,  en  la  Universidad  Católica.  En  1968,  el  suscrito  era  profesor  de  la  Universidad  de  Chile,  en  su  sede  de Iquique.  Ese  año,  en  el  mundo  entero  había  estallado  una  rebelión  de  la  juventud,  sobre  todo  estudiantil,  contra  el autoritarismo político y cultural existente. Una de las reivindicaciones de aquella juventud -en el mundo entero-era la reforma de las universidades, en el sentido que los estudiantes, de manera ponderada también debían participar en su gestión; explícitamente, en la elección de sus autoridades y la planificación académica. Ese anhelo se cumplió en todos los países democráticos del mundo, como lo era Chile. En 1968, luego de discutirse en el Parlamento y al interior de las  universidades,  se  declaró  el  co-gobierno  universitario  en  todas  las  universidades  de  Chile,  sin  excepción alguna, tanto  públicas  como  privadas.  En  efecto,  este  revolucionario  cambio  tuvo  el  apoyo  del  entonces  Presidente  de  la República Eduardo Frei Montalva, el voto de la mayoría de los parlamentarios y, sobre todo, el abrumador consenso de las comunidades universitarias; es decir, de sus profesores, estudiantes y personal de apoyo. No obstante conocerse ampliamente aquella voluntad mayoritaria, un grupo minoritario de estudiantes proveniente de la Universidad Católica (UC) liderado por Guzmán, se opuso a la reforma.

Para  impedir  la  avalancha  democrática  que  se  venía  encima  en  Chile  y  en  todo  el  mundo,  Guzmán  organizó  sus huestes ultra-conservadoras /Opus Dei y encabezo la toma a viva fuerza de la Casa Central de la UC, pero sólo unos días después los reformistas de la misma universidad la recuperaron y expulsaron de ella a los violentistas. Estudiantes y profesores de la UC y otras universidades de Santiago y de provincias organizaron luego un foro que tuvo lugar en la Escuela de Derecho de la UC. La Universidad de Chile-sede Iquique fue invitada a ese evento, y tuve el honor de representarla. Allí habló Guzmán, dándose a conocer como el líder del más irreductible conservadurismo político y religioso de esa época en Chile. Recuerdo partes de su discurso. En medio de las pifias que se ganó con su intervención (la mayor parte provenientes  de  estudiantes  de  la  misma  UC),  calificó  la  reforma  universitaria,  entre otras denostaciones, como “un atentado al principio de autoridad” y, finalmente, “una maniobra del marxismo internacional y de la Democracia Cristiana.” No obstante, de aquel discurso lo que más conmovió a todos fue algo que sólo puede definirse como una amenaza: “Chile necesita una contrarreforma universitaria, y esa contrarreforma la conseguiremos un día.” ¿Cómo iba la  ultraderecha  a  llevar  a  cabo  esa  contrarreforma  si  era  minoría?  Unos  años  después,  luego  del  golpe  de  estado  de 1973, Guzmán cumpliría su amenaza cuando se transformó en el primer consejero ideológico de la dictadura. Obtuvo del dictador rápidamente el bando militar que acabó con el co-gobierno universitario, y en su lugar impuso el régimen universitario que tenemos hoy; el de todas las universidades autoritarias, verticalizasen lo administrativo, pagadas y funcionando como empresas comerciales auto-sustentables, y, como resultado de ello, de dudosa o mala calidad, muy distintas a lo que eran las universidades chilenas en nuestra antigua democracia.

Hasta hoy sigue vigente la contrarreforma universitaria de Guzmán, impuesta al país por la dictadura luego de anularla reforma universitaria que había sido acordada institucional y democráticamente en democracia.

Sigamos  conociendo  a  Guzmán. Era  miembro  de  un  pequeño  grupo  ultraconservador  juvenil / Opus Dei muy  activo  en  sus tiempos de estudiante secundario del aristocrático colegio santiaguino “Sagrados Corazones”, y luego de estudiante universitario dela Universidad Católica. Ese grupo era “Fiducia”, cuyo ídolo era el dictador fascista español Francisco Franco,  aliado  de  Hitler  y  Mussolini.  Guzmán  también  era  miembro  del  Opus  Dei  (el  sistema  ideológico  católico fundado por Escribá de Balaguer, que plantea, en caso extremo, el exterminio físico de los enemigos de la fe,” que no son otros que los militantes de la izquierda, aunque, ya muerto Escribá, sean hoy creyentes cristianos, lo que incluye a curas obreros y a sacerdotes y laicos que adhieren a la Teología de la Liberación.

Guzmán, llamado por la dictadura a integrar su consejo ideológico, muy pronto consiguió ser su principal miembro, y fue así como obtuvo la anuencia del dictador para hacer clases y dictar conferencias en la Escuela Militar; obviamente para  aleccionar  a  los  cadetes  de  manera  exclusiva  en  su  sistema  ideológico.  Aquí  cabe  preguntarse  si  tenemos  una democracia  segura  y  fuerte  con  una  oficialidad  militar  aleccionada  ideológica  y  políticamente  de  manera  unilateral; mejor dicho aun, únicamente por agitadores políticos de ultraderecha como fue Guzmán.

Presentar  a  Guzmán  como  un  hombre  de  paz,  buen  católico,  y  demócrata  es  una  falsedad.  Fue  el  más  conspicuo ideólogo y consejero político  de  una  dictadura  reiteradamente  declarada en su  tiempo como  violadora  sistemática de los  Derechos  Humanos  por  todos  los  organismos  internacionales ad  hoc. Así  las  cosas,  por  lógica,  Guzmán  es  co-responsable de sus crímenes. Mas, no sólo eso. Guzmán bloqueó toda iniciativa que abriera la posibilidad de conducir a  Chile  a  la  democracia,  se aclarara  la suerte  que  corrieron los  detenidos  desparecidos, se terminaran  las torturas,  se revisaran los “juicios de guerra” tras los cuales cientos de compatriotas fueron torturados, fusilados, encarcelados, desaparecidos  y mandados al exilio. De esto que señalo sobran los ejemplos. Veamos:

Cuando después del golpe de 1973, por primera vez en Chile, se inició la discusión sobre temas tan clandestinos como democracia y libertad, Guzmán fue el más fuerte opositor a cualquier tipo de atenuación de la represión existente ya la restauración de la democracia.

Se opuso al “Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia” de 1985, que no fue convocado por la izquierda ni los demócrata-cristianos, sino por el Cardenal Arzobispo de Santiago, Monseñor Juan Francisco Fresno; o  sea,  una  iniciativa  de  la  Iglesia  Católica  que  tenía  por  único  fin  buscar  una  salida  pacífica  para  Chile  cuando arreciaban  las  protestas  en  las  calles  de  Santiago  y demás ciudades  del  país,  con  presos,  muertos,  heridos, manifestantes  quemados  luego  de  ser  rociados  con  bencina  (Rodrigo  de  Negri  y  Carmen  Quintana),  etc.  En  este principio  de  acuerdo  participaron,  además  de  representantes  de  la  Iglesia,  políticos  de  todos  los  partidos,  como Ricardo  Lagos,  Gabriel  Valdés y políticos  de  derecha  como  Andrés  Allamand.  Guzmán  declaró  abiertamente  su oposición a este esfuerzo y terminó por boicotearlo. Repetía en esos mismos días:

Transformar nuestra dictadura en ‘dicta-blanda’ sería un error de consecuencias imprevisibles.

Al dictador le agradó tanto el neologismo “dicta-blanda” ideado por Guzmán que lo usó infinidad de veces como si fuera suyo en intervenciones públicas.

Sigo:

En  la  noche  del  plebiscito  del  5  de  octubre  de  1988,  cuando  indesmentiblemente  el  gobierno  dictatorial  lo  había perdido y dudaba en reconocerlo, Guzmán guardó un nervioso silencio unas horas, pero luego solicitó a Pinochet una reunión con el Alto Mando de las FF AA, para allí sugerir una acción militar. Esto fue revelado por militares activos en  esa  época.  Guzmán,  se  mantuvo en  esa  postura hasta  que  Sergio  Onofre  Jarpa, ex -Ministro  del  Interior  de  la dictadura, reconoció públicamente el triunfo del NO en un foro en Canal 13 la misma noche de esa jornada, foro en el que participó Patricio Aylwin en calidad de portavoz oficial dela oposición a la dictadura.

Guzmán  también  se  opuso  a  la  débil  reforma  constitucional  de  1989,  acordada  entre  la  derrotada  dictadura  y  la Concertación,  que  sólo  consistía  en  introducir  a  la  Constitución  de  1980  algunas  reformas  que  debilitaban  cierto articulado autoritario. Para el pueblo de Chile, ello podría ser el comienzo de lo que sería una verdadera constitución política para Chile, legal y gestada en democracia, puesto que sin esa reforma de 1978, los militares habrían tenido mayor poder en una futura democracia, porque los nueve senadores designados se enfrentaban a 26 elegidos (y no a 38,  como  lo  establecía  la  reforma).  Además,  de  no  aprobarse  esta  reforma,  a  la  que,  repito,  Guzmán  se  opuso públicamente  sin éxito, las Fuerzas Armadas  (en  las que  Guzmán  basaba finalmente toda su  fuerza) habrían tenido mayoría en el Consejo de Seguridad Nacional, y no en paridad cívico-militar, con el voto dirimente del Presidente de ese consejo. Era poco, pero sí una esperanza que finalmente no cristalizó en lo que quería y necesitaba el país, una nueva Constitución.

Volviendo a la interrogante si se justifica el asesinato de Guzmán, es preciso señalar que no sólo matar sino impulsar a  otros  a hacerlo  conlleva el  riesgo  de  ser  matado.  Por  lo  tanto,  ese  fue  el  riesgo  que  Jaime  Guzmán, conscientemente, decidió correr. Ergo, su muerte es el lógico resultado de sus propias acciones. No obstante, desde el punto  de  vista  netamente  político,  la  muerte  de  Guzmán  favoreció  a  la  derecha,  porque  si  viviese  hoy,  sería  un Longueira,  un  Larraín,  un  Allamand  o  un  Chadwick  más,  políticos  ampliamente  conocidos  por  su colaboración  y apoyo  a  la  dictadura  y  que  hoy,  para  mantenerse  vigentes,  hacen  todo  lo  posible  por  desligarse de  sus  crímenes. Además,  la  UDI  obtuvo  un  símbolo  muy  importante,  un  mártir.  Era  lo  que  necesitaba.  Así  aparecía  su  fundador  e inspirador político como víctima del “marxismo,” del “comunismo internacional,” y con ello, la UDI conseguía el empate en materia de crímenes.

Con su muerte, para el chileno común Guzmán es una víctima. Apenas terminó la dictadura, Guzmán se preocupó de lavar su imagen. Eligió a Longueira, Moreira, y otros cabecillas de la UDI para que constantemente declararan en la prensa  y  en  la  televisión  que  él  había  abogado  ante  la  ex-DINA  en  favor  de  muchos  presos  políticos.    Esto  fue negado  por Pinochet, el ex -miembro de  la Junta el general Gustavo Leigh y, rotundamente,  por el jefe  de  la  CNI Manuel  Contreras.  Además,  esta  falsedad  nunca  fue  reconocida  como  verdad  por  los  ministros  de  Justicia  de  la dictadura  ni  por  ningún  funcionario  civil  o  militar  de  los  servicios  de  seguridad. Un hecho que muestra de  modo realmente claro el grado extremo a que puede llegar la falta de escrúpulos en política, es la participación de Osvaldo Andrade, ex -presidente del Partido Socialista y uno de los más conocidos gestores de la “política de los acuerdos,” en un  acto de  homenaje  a  Guzmán  organizado  por la  UDI.  Andrade.  En  ese  acto declaró que había sido “salvado” por Guzmán de ser arrestado por los aparatos de seguridad en los tiempos de la dictadura. El hecho es, por supuesto, absolutamente falso. Lo que no es falso son las andanzas de Andrade en materia de corrupción que protagonizó hace unos años.

En  la actualidad,  la  hermana  de  Guzmán,  también  quiere  lo  imposible:  limpiar  la  imagen  política  de  su  hermano, asegurando  que  Guzmán  fue  asesinado  por  orden  de  la  DINA;  o  sea,  por  Pinochet.  Esta  aseveración sugiere  que Guzmán  pudo  ser  víctima  de  un  régimen  cuyo signo  sanguinario,  represivo  y  violento no  niega ninguna  persona seria. En verdad, cómo podría ser posible ello si, sólo por dar un ejemplo, fue Guzmán quien concibió y redactó la Ley  General  de  Amnistía  de  1978,  anulada  sólo  hace  unos  años,  cuyo  fin  era  librar  de  castigo  a  los  más  abyectos asesinos  de  la  dictadura. En  suma,  toda  la  gestión  de Guzmán  como  consejero  de  la  dictadura  tuvo  por  doctrina  el principio que no había que hacer de la dictadura una “dicta-blanda.

Vale la pena detenerse en esta ley de 1978, ya mencionada. Fue íntegramente concebida, propuesta a la dictadura y finalmente redactada por Guzmán. Con esa ley Guzmán salvaba de castigo a los peores asesinos del régimen, porque todavía  regía  formalmente  en  Chile  la  Constitución  de  1925,  según  la  cual  esos  asesinos  debían  ser  arrestados  y juzgados. Por  lo  tanto, Guzmán,  abogado  de  profesión,  sabía perfectamente que  esta  ley  de  amnistía  no  tenía ninguna validez tanto en virtud de las leyes vigentes en Chile en 1978, como las internacionales en tanto amnistiaba delitos  cometidos  por  el  Estado  calificados  como  “delitos  de  lesa  humanidad “consagrado   en tratados internacionales  que  Chile  había  suscrito  hasta  esa  fecha.  Al  respecto,  cabe  consignar,  aunque  es  obvio, que  la dictadura, con  el  objetivo  de limpiar  su  imagen  ante  el  mundo,  nunca  revocó haber  suscrito  esos  tratados, incluso mientras se cometían los más atroces crímenes.

Según esos tratados, sus disposiciones están por sobre toda ley nacional; por lo tanto, al declarar que los delitos de Lesa Humanidad son imprescriptibles e inamnistiables, la “Ley de Amnistía” de 1978, era totalmente ilegal. Tenía que volver la democracia, aunque no íntegramente como quisiéramos, y que pasaran 40 años, para que esa ridícula aunque macabra ley fuese lanzada al tacho de la basura. Jaime Guzmán, como digo, en tanto abogado y académico, no podía desconocer la nula legalidad de su burdo invento; sin embargo, consiguió que, aun ante el escándalo internacional, los asesinos quedaran libres  de  polvo  y  paja  y  pudieran,  incluso,  continuar  siendo  miembros  de  las  tres  ramas  de  las  FF  AA,  y,  por  lo  tanto, anótese bien, seguir cometiendo crímenes.

Jaime  Guzmán,  como  nadie  ignora,  es  también,  junto  a  otros  seis  ya  fallecidos  políticos  de  derecha,  el  autor  de  la Constitución  de  1980. Locuaz  primer  vocero  de  la  dictadura,  proclamó  por  radio  y  televisión  nacionales  que  había  que “plebiscitarla” con la clara intención de ejecutar el conocido fraude que envolvió ese acto, en aquellos aciagos tiempos en que  las  libertades  públicas  estaban totalmente suspendidas. Sin  embargo, el  imprudente Guzmán,  aunque  debió guardárselo, declaró  varias  veces  y  sin ambages  que  la  nueva  constitución  debía  redactarse  de  tal  modo  que  fuese imposible cambiarla.

Más todavía:

¿Se  ha  fijado el  lector que  cada  vez  que  los  dirigentes  de  la  UDI  se  refieren  a  su  fundador,  lo  hacen  con  el  título  de “senador”? Esto llama a otra reflexión.

A  propósito  de  la  constitución  de  1980,  esto  de  la  senaduría  de  Guzmán,  es  un  chiste,  una  paradoja  grotesca.  El  anticomunista  Guzmán  copió  literalmente  de  la  Polonia de  entonces el  sistema  binominal  para  la  elección  del  Poder Legislativo.  Este sistema  fue,  en  efecto,  un  invento concebido  por los  comunistas  polacos desde unos  años antes de  la caída del Muro de Berlín y el fin del socialismo real en Europa del Este, cuando éste ya era inminente. Al caer el Muro, se trataba  de  empatar  a  la  oposición  con  el  gobierno,  cuyo  jefe era  el  general  Wojciech  Jaruselsky.  Jaruselsky  aplicó el binominalismo sabiendo  lo  que  hacía.  Los  comunistas  eran  minoría,  y  con  este  sistema  el  paso  de  la  dictadura  a  la democracia no sería una paliza electoral demasiado fuerte. Lo interesante (tómenlo en cuenta los anticomunistas) es que pocos años después del empate que consiguió Jaruselsky, los comunistas polacos desahuciaron el sistema binominal y lo remplazaron por el proporcional que  Polonia  exhibe  hoy,  sistema  propio  de cualquier  país  realmente  democrático. De manera que la treta electoral binominal de Jaruselsky fue programada para una sola elección, y nada más. Guzmán, por el contrario, luego de copiarlo, lo aplicó con el objetivo de establecer en Chile, en calidad de inmutable un anti-democrático empate  político,  y  así  impedir  que  la  derecha  pudiera  ser  derrotada  electoralmente  de  manera  definitiva,  y  con  ello,  que jamás pudiera el país darse  una nueva constitución, auténticamente democrática que naturalmente haría de Chile un país diferente al que tenemos hoy. Esta inmutabilidad está aún garantizada por el sistema binominal de elecciones, que no ha desaparecido  del  todo.  Sólo ha  sido  atenuado en  los  últimos  años,  no  eliminado.  Este  es  otro  resultado de  los  amigables acuerdos  de  la  clase  política.  Se  maquilló  el  sistema  binominal  de  Guzmán-Jaruselsky  con  nuevos  distritajes  y  más parlamentarios,  harto  costosos,  por  lo  demás.  Así, se  ha hecho  creer a  los  chilenos que  ahora  tenemos  un  sistema proporcional  de  elecciones el  que,repito,  es  propio  de  toda democracia.  Todavía  la  elección  del  Parlamento  se  basa  en votos por listas, y no por candidatos, y por cierto, en ninguna parte del mundo, donde hay que elegir dos senadores, gana el que alcanzó el tercer lugar. Este es exactamente el caso de la senaduría de Guzmán. Dicho con más claridad, Guzmán redactó una constitución no sólo que consagrara el orden político  y económico aún vigente, sino una que le sirviese así mismo,  asegurándole  tramposamente  su  senaturía  para  cuando  se  acabara  la  dictadura.  Calculó  bien.  En  la  elección parlamentaria de 1990, él sabía que no sería primero ni segundo, sino tercero, pero igual se convirtió en senador. Para, por fin, recabar este retrato de Jaime Guzmán, es preciso detenerse en actuaciones concretas suyas que lo muestran de  cuerpo  entero  como  un  individuo  de  naturaleza  no  sólo  políticamente  autoritaria,  sino  desde  el  punto  de  vista psicológico, ético y humano, derechamente cruel y criminal. Por problemas de espacio, me referiré sólo a un caso, el de la ciudadana inglesa Sheila Cassidy.

Poco se sabe de este capítulo de nuestra historia, puesto que, primero, en Chile, cuando ocurrió en 1975, no había libertad; y segundo, hoy en el país los medios de comunicación masiva están controlados mayoritariamente por la derecha política. En 1975, visitaba Chile una dama inglesa de profesión médico, graduada en 1963 en Oxford, una de las universidades más importantes  del  mundo.  Cuando  visitaba  Chile,  en  calidad  de  profesional  laico-católica  y activa servidora  de  su  iglesia, prestó auxilio profesional a un perseguido político herido a bala. Lo hizo en una casa parroquial de la Iglesia. El herido era Nelson Gutiérrez, un dirigente del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que había llegado allí pidiendo auxilio. La casa era habitaba por unas monjas que también eran inglesas, y, por lo tanto, conocían a su compatriota Sheila Cassidy, que no vivía allí. La llamaron telefónicamente, para atender profesionalmente a un ser humano. Gutiérrez tenía dos balas en sus piernas disparadas por agentes de la dictadura, y aun herido, logró escapar de sus perseguidores y llegó a esa casa parroquial.  Las  heridas  ya  se  estaban  grangrenando  cuando  Sheila Cassidy  le  extrajo  las  balas.  Horas  después  de  la operación, Gutiérrez, no del todo curado, alcanzó a salir de esa casa poco antes que los esbirros de la dictadura llegaran allí.  Irrumpieron  en  la  casa  y  mataron  a  la  asesora  del  hogar  y  cocinera  chilena  que  allí  trabajaba y  luego  capturaron  a Sheila Cassidy. La embajada inglesa y el Cardenal Raúl Silva Henríquez, jefe máximo de la Iglesia Católica, pidieron de inmediato al gobierno su liberación, puesto que además de extranjera y católica, la mujer había curado a un hombre herido por  razones  sólo  humanitarias.  Pinochet  dudó  qué  hacer,  pero  aquí  aparece  nuestro  personaje.  Guzmán,  que  siempre invocaba  públicamente  su  condición  de  católico  observante, se  lanzó  por  radio  y  prensa  contra  el  Cardenal,  a  la  vez pidiendo al gobierno “investigar a fondo” el  caso  que  involucraba a  Sheila  Cassidy,  sabiendo  perfectamente  que  ella  ya estaba  en  las  mazmorras  de  la  DINA,  y,  por  lo  tanto,  también  sabiendo  lo  que allí  le  estaba  sucediendo a  la  infortunada extranjera.  El  dictador,  finalmente,  oyó  a  su  asesor,  no  al  Cardenal  ni  a  la  embajada  de  Inglaterra,  y la  mujer médico, durante tres meses, fue sometida a las torturas más salvajes concebibles que se pueden practicar a una mujer, las mismas que  sufrieron  muchas  de  mujeres  chilenas.  Liberada  en  enero  de  1976,  merced  a  la  presión  económica  que  ejerció  el gobierno inglés, Sheila Cassidy, en Europa, relató al mundo su horrenda experiencia en Chile, que luego describió en su libro “Audacity to Believe” (La audacia de creer). Al llegar a su país, la médico decidió hacerse monja, lo que es hasta hoy.  El  libro  fue  traducido  del  inglés  a  todos  los  idiomas  europeos  y  fue  ampliamente  difundido  en  Europa  y  Estados Unidos.

En ese libro, que los udistasy admiradores de Pinochet y Guzmán debieran leer, ha quedado consignada para siempre la infame  y  canallesca  actuación  de  Guzmán,  quien  aun  siendo católico  y primer  consejero  del  dictador,  no  hizo absolutamente nada por la liberación de aquella médico inglesa.

Pero hay más todavía sobre este caso:

En sus primeras intervenciones radiales sobre el caso, Guzmán sostuvo que los Derechos Humanos están subordinados a los intereses superiores del Estado. Esta visión contradice el fondo ideológico no sólo de toda democracia, sino la doctrina canónico-teológica  y  social  de  la  Iglesia  Católica,  que  considera  que  los  Derechos  Humanos  son  superiores  al  Estado. Guzmán,  con  anterioridad,  ya  había  criticado  frecuente  y  públicamente  a  la  Iglesia  y  al Cardenal  Silva  Henríquez por haber  creado  la  Vicaría  de  la  Solidaridad,  instrumento  fundado  por  la  Iglesia  para  defender  a  los  perseguidos y presos políticos, además  de atender  económicamente  a  sus viudas, esposas  e  hijos.  Criticó  también  la  presencia  de curas  de  la Vicaría en las cárceles y campos de concentración, que promovían iniciativas de trabajo para las presas y presos políticos. Incluso,  hasta  consiguió  el  arresto  de  varios  de  ellos,  como  el  presbítero  Luis  Gajardo,  un  cura  que  fue  salvajemente torturado, encarcelado y expulsado del país, siendo chileno. Este odio y fanatismo político de Guzmán que culminó en el caso Cassidy, puso definitivamente de frente al Cardenal y a Guzmán. Hasta Mónica Madariaga, la Ministra de Justicia y de  Educación  de  la dictadura, públicamente llamó a Guzmán a “guardar respeto a nuestro Pastor.” No sirvió de nada, y así, fue el caso de Sheila Cassidy lo que terminó con la paciencia del Cardenal, quien ordenó a Guzmán, en su calidad de católico  observante,  a  retractarse  de  sus  ataques  a  él,  jefe supremo de  la  Iglesia  Católica  de  Chile,  nominado  directa  y personalmente por el Papa, el Vicario de Cristo en el tierra, so pena de ex –comunión. Silva Henríquez dio a Guzmán un plazo  de  24  horas  para  realizar  su  retractación.  Guzmán,  abrumado,  debió  retractarse  públicamente,  lo  que  hizo  en  una brevísima  nota  aparecida  en  una  perdida  página  final  del fiel  pasquín  de  la  dictadura,  el  diario “La  Tercera” cuando  ya mediaba el año 1975.

Saber  quién  realmente  era  Guzmán  es  clave  en  la  comprensión  de  su  muerte,  como  también  aquilatar  bien  el  fondo ideológico  de  los  corifeos  de  la  ultra –derecha  chilena,  muchos  de  ellos  ex-colaboradores  directos  de la  dictadura que encabezó Pinochet. Por supuesto, no tienen derecho moral para levantar ahora la voz y hablar de justicia sobre la muerte de Guzmán.

Resumo el espíritu de este artículo: Guzmán fue víctima natural de la política de terror y muerte que impuso en Chile un sanguinario régimen dictatorial, del cual él, personalmente  y a conciencia plena, fue su principal consejero ideológico y político.  Su  muerte,  como la  de Claudio  dela  tragedia Hamlet,  es  sólo  resultado  de  su  personal, y  a  toda  conciencia, actuación criminal bajo la égida de una de las  dictaduras más crueles que ha conocido la Humanidad.

Iquique, abril 2021

Lo subrayado es nuestro.

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