

Luchas de poder, avaricia, guerra y ‘tecnofascismo’: la IAG se quita la careta

Por Manuel G. Pascual/ Gentileza del Dr. Roberto Savio:
Los nuevos acuerdos del Pentágono con las grandes tecnológicas y el juicio de OpenAI que enfrenta a los Elon Musk y Sam Altman tumban el discurso de la industria sobre una “inteligencia artificial” pensada para salvar a la Humanidad… y no para destruirla…
A la industria que impulsa la inteligencia artificial (IA) cada vez le resulta más complicado proyectar una cara amable. El relato oficial que promueven las empresas que lideran esta tecnología es que ha llegado para mejorar el mundo. Prometen que aumentará las capacidades humanas, nos permitirá trabajar menos, facilitará tareas hasta ahora tediosas, revolucionará la ciencia, curará enfermedades, incluso resolverá la crisis climática. Pero esta semana, varios acontecimientos han aportado una buena dosis de realidad.
El Banco Central Europeo (BCE) ha ordenado a la banca reforzar su ciberseguridad porque teme que el último modelo de Anthropic, que ha demostrado ser especialmente bueno detectando fallos de software, pueda causar estragos en el sector, dejando desnudas las cuentas de millones de personas. En Estados Unidos, Google rompió su política antibelicista y firmó un acuerdo con el Pentágono para cederle sus modelos, que podrán ser usados para asuntos clasificados. La fabricación de armamentos para desaparecer Pueblos enteros. El Departamento de Guerra anunció que ese acuerdo se extendía a xAI, OpenAI, Amazon, Microsoft o Nvidia, entre otras…
Todo eso mientras se celebra el crucial juicio sobre OpenAI, la desarrolladora de ChatGPT, por el que desfilarán muchos tecnomagnates —ya lo hizo Elon Musk— y que está dejando al descubierto la lucha de poder que subyace a sus proclamas para salvar el mundo con la IA…
En cinco días, ha quedado claro que la IA puede tumbar el sistema financiero mundial, que ya todas las big tech se pliegan a la agenda belicista del mayor ejército del mundo sin disimulo y que, retóricas buenistas aparte, esto no va de beneficiar a la humanidad, sino a enriquecer a sus empresas dueñas…
El Pentágono hizo acuerdos con las empresas de IAPatrick Semansky – AP
Este último punto es importante, no tanto por el fondo —nadie ha creído nunca que las desarrolladoras de IA fueran ONG— como por las formas. Las grandes del sector se han esforzado en construir un relato que presenta esta tecnología como una fuerza de progreso imparable e inevitable. Durante años intentaron que no se los relacionara con el sector militar, con regímenes autócratas ni con la desinformación. Ahora, la IA se está quitando la careta. El juicio está aireando los trapos sucios de algunos de los dueños de estas empresas, que también son las mayores del mundo. Los dos protagonistas del litigio, Elon Musk, cofundador de OpenAI y dueño de Tesla, SpaceX o la red X, y Sam Altman, director general de OpenAI, se han autoerigido como guías en una especie de misión civilizatoria.
No son los únicos. Aupados por un convulso contexto internacional en el que la extrema derecha/fascista avanza por todo el mundo y con Donald Trump en la presidencia como principal valedor, algunos tecnomagnates hasta publican manifiestos con su visión del mundo. Causó un gran revuelo el que sacó hace dos semanas Palantir de propiedad de Peter Thiel, el mayor proveedor de herramientas de análisis de datos aplicadas a la vigilancia masiva del Pentágono, y que también tiene contratos, entre otros, con los ministerios de Defensa de España o Gran Bretaña. En sus 22 puntos, el texto relativiza el valor de la democracia, hace un llamamiento a usar la IA como arma de guerra y defiende el control social o el conocido ya como tecnofascismo.
“El comportamiento de las grandes tecnológicas es consistente con lo que vienen haciendo desde hace años”, opina Lorena Jaume-Palasí, experta en ética y filosofía del derecho aplicadas a la tecnología. “El dueño de Meta, Mark Zuckerberg, ha exhibido camisetas con citas del Imperio Romano. OpenAI ha publicado artículos citando al Leviatán de Thomas Hobbes. Lo que están haciendo es algo muy clásico en la historia de la filosofía política: desde Hobbes hasta John Locke o Jean-Jacques Rousseau, el modus operandi consiste en empezar describiendo lo que es el ser humano; luego, en función de ello, te dicen cómo es la buena sociedad y, en un tercer paso, cómo es posible crear esa sociedad con determinadas reglas políticas. Lo que hoy estamos viendo es precisamente eso: intentan integrarse en esa cronología del pensamiento histórico”. Altman respondió cuatro días después a Palantir con su propio manifiesto, en el que dice que su tecnología busca la “prosperidad universal” o la “resiliencia” de las personas.
Peter Thiel, CEO de Palantir, sale de la Casa Rosada, el 23 de abril de 2026Hernan Zenteno – La Nacion
Esta revisión del contrato social va más allá de la retórica. El inversor Peter Thiel, socio de Elon Musk en PayPal, presidente de Palantir y gurú de Silicon Valley, lleva un mes en Argentina. Su agenda no es pública, pero se sabe que está manteniendo encuentros con altos cargos del régimen de Javier Milei, probablemente para llevar a la práctica el manifiesto de su empresa. “No es casual que esta visita suceda justamente ahora. El apoyo social a Milei está cayendo. Lo que tiene para ofrecer Thiel a través de Palantir son tecnologías de control y vigilancia masiva personalizada. Todo apunta a que están trabajando para empezar a cruzar todas las bases de datos que tiene el Estado, pero también un montón de información a la que pueda acceder el servicio de inteligencia vía pinchazos telefónicos y solicitudes a las propias plataformas”, explica Cecilia Rikap, profesora de Economía del University College London, responsable de investigación del Instituto para la Innovación y el Propósito Público (IIPP) de ese centro y asesora de varios países en materia de soberanía digital. Mientras tanto, el presidente Nayib Bukele ha emprendido otro experimento tecnológico en El Salvador: ceder a la IA de Google la gestión médica del país y la función de la Justicia.
El negocio de la guerra
Las tecnológicas invierten vertiginosas cantidades de dinero en desarrollar la IA. En los tres primeros meses de este año, Amazon, Google, Microsoft y Meta dedicaron unos 130.000 millones de dólares (110.900 millones de euros) a los centros de datos que alimentan y hacen posible la IA, según datos recogidos por The New York Times. Eso significa que cada mes se gasta más que en todo el proyecto Manhattan, que alumbró la bomba nuclear, Hiroshima y Nagasaki. Es un 70% más que en el mismo período del año anterior.
Para que todo funcione, los centros de datos -el lugar en el que se entrenan los modelos de IA y donde se ejecutan luego las aplicaciones resultantes- consumen cantidades cada vez mayores de energía que ponen a prueba el sistema. En Estados Unidos, se hablaba ya en la última etapa de Joe Biden de poner en marcha centrales nucleares de bolsillo para alimentar estas infraestructuras, cuyo consumo de agua para refrigerar los sistemas ha intensificado la sequía en algunas poblaciones.
¿Para qué se está usando toda esa capacidad de cómputo? Para facilitar la vida de los programadores, para traducir o escribir textos y, por supuesto, para hacer memes. Pero también para matar/asesinar. “Desde tiempos del general Von Clausewitz [1780-1831], la toma de decisiones venía determinada por la misión, el terreno, el enemigo y los medios propios. Hoy todo eso se lo facilita la IA, que incluso puede proponer posibles decisiones, lo que hasta ahora era labor de los Estados mayores”, describe Fernando Puell de la Villa, historiador, coronel retirado del ejército español y autor de Historia de la guerra: seiscientos años de enfrentamientos en Occidente (siglos XV-XXI) (Espasa).
El ejército estadounidense usó en Irán la IA para seleccionar un millar de objetivos en apenas 24 horas. O para diseñar la operación que acabó con la captura de Nicolás Maduro. Las fuerzas armadas israelíes fueron pioneras en este ámbito con Lavender, el algoritmo que usaron para decidir a quién bombardear en Gaza y que considera aceptable que, para matar a un alto cargo de Al Fatah o Jihad Islámica, mueran hasta un centenar de civiles. El Pentágono tendrá a su disposición a partir de ahora para estas y otras tareas a los modelos comerciales más potentes: desde ChatGPT, de OpenAI, hasta Gemini, de Google, pasando por la infraestructura de Microsoft y AWS (la filial de la nube de Amazon) o los avanzados microprocesadores de Nvidia. “El acceso a un amplio abanico de capacidades de IA procedentes de todo el ecosistema tecnológico estadounidense proporcionará a los combatientes las herramientas que necesitan para actuar con confianza y proteger a la nación frente a cualquier amenaza”, dijo el viernes un portavoz del Pentágono.
Dario Amodei, CEO y cofundador de AnthropicMarkus Schreiber – AP
El gran ausente en esta lista sigue siendo Anthropic, la desarrolladora de Claude o Mythos Preview, el modelo que tanto asusta al BCE. La empresa que dirige Dario Amodei se negó a compartir sin restricciones su código fuente con el Pentágono, lo que podría incluir el desarrollo de armas autónomas. Como castigo, Trump canceló todos los contratos federales con Anthropic, cosa que, según fuentes consultadas por The New York Times, están ahora el régimen estadounidense, donde ha causado mucha “impresión y preocupación” su modelo Mythos. Según alertó la propia compañía, es tan potente que puede descubrir en pocos minutos vulnerabilidades en el código fuente de sistemas operativos, navegadores o programas financieros que llevan décadas sin ser detectadas. Estos fallos son un caramelo para los ciberdelincuentes, un trampolín para que entren en sistemas ajenos.
La IA lleva años, o décadas, en el Pentágono: se usa para guiar misiles, en sistemas de navegación y en muchas otras tareas. La diferencia es que, hasta ahora, esos sistemas los desarrollaba el Gobierno. Tras la irrupción de la IA generativa, la que está detrás de ChatGPT, Claude o Gemini, Trump ha decidido darle el pase de testigo a empresas comerciales. Incluso se le ha dado galones a directivos como Andrew Bosworth, jefe de productos de Meta, nombrado hace casi un año teniente coronel en la reserva. Para muchos analistas, resulta inquietante que las big tech estén ya gestionando asuntos de seguridad nacional. “Si el objetivo del uso de la IA es hacer que la guerra sea más caótica y devastadora, sin duda tendrá ese efecto. Si el objetivo es hacer que la guerra sea más precisa y menos peligrosa para la población civil, la IA podría tener la capacidad de reducir los errores en los conflictos, pero aún no se nos ha presentado ningún caso concreto en el que la IA generativa haya evitado errores en la guerra”, sostiene Arthur Holland, especialista en tecnología militar y asesor de la ONU en materia de armas autónomas.
El juicio de Silicon Valley
Mientras, en Oakland, el hombre más rico del mundo ha puesto el ventilador. Elon Musk cofundó OpenAI para tratar de romper el monopolio científico que entonces tenía Google en casi todos los frentes de la IA. Fue él quien puso a Sam Altman a dirigir la entidad no lucrativa, que más tarde se convirtió en empresa y que ahora se prepara para salir a Bolsa. Musk, que se fue de OpenAI y fundó su propia startup del sector, xAI, pide una indemnización de 150.000 millones de dólares (128.000 millones de euros) por el cambio de estatus legal que enriqueció a su pupilo. Altman, por su parte, alega que su mentor siempre supo que la única forma de hacer algo grande y escalar la tecnología era crear una empresa…
“Hasta cierto punto, esto es una batalla de egos, y es difícil ponerse del lado de alguno de ellos, pero también es un juicio sobre si OpenAI debería cumplir su promesa de mantenerse como entidad sin ánimo de lucro y de trabajar por el bien de la humanidad, lo que claramente ya no hace”, opina Gary Marcus, profesor emérito de psicología y neurociencia en la Universidad de Nueva York y una conocida voz crítica con la industria de la IA. “No soy un gran fan de Musk, pero el mundo sería mejor si se obligase a OpenAI a perseguir su misión original”, añade.
El juicio ha revelado pasajes jugosos. Como que Zuckerberg le escribió a Musk cuando dirigía el Departamento de Eficiencia (DOGE) para preguntarle si podía ayudarlo. “No es mi intención ofenderte, pero está en juego el destino de la civilización”, le respondió. Pese a ese desplante, la documentación revelada muestra que Musk estuvo en constante comunicación con el dueño de Meta, a quien ofreció unirse a él para comprar OpenAI. También se ha sabido que, en 2016, se le preguntó a Musk si OpenAI debería alojarse en servidores de Microsoft o Amazon. “Creo que Jeff [Bezos] es un poco idiota y Satya [Nadella] no, así que me decanto ligeramente por Microsoft”, escribió Musk en un correo electrónico.
“Antiguamente, los profetas que hacían profecías imprudentes acababan mal”, señala la filósofa Carissa Véliz, profesora del Centro de Ética y Humanidades de la Universidad de Oxford. “En los últimos tiempos, resulta gratuito hacer falsas promesas. Este juicio va a mostrarnos por primera vez en mucho tiempo si alardear de ciertas intenciones y luego no cumplirlas puede tener o no consecuencias legales”.
Lo subrayado/interpolado es nuestro

La republica tecno fascista Argentina de la arcadia imperial estadounidense en marcha por el primer ideólogo nazifascista.
Por Mariano Quiroga/escritor, periodista y analista internacional:
Mariano Quiroga
El jueves 23 de abril de 2026 la prensa fue expulsada de la Casa Rosada. Sin explicación oficial. Sin precedente conocido. La medida no coincidió con una visita de Estado, ni con una crisis de seguridad, ni con ninguno de los eventos que suelen justificar ese tipo de hermetismo. Coincidió, exactamente, con la llegada de Peter Thiel.
El hombre entró al despacho presidencial acompañado por su esposo, Matt Danzeisen, ex vicepresidente de BlackRock, y por un asesor argentino llamado Matias Van Thienen. También participó el canciller Pablo Quirno. El Presidente, consultado después, describió la reunión como “maravillosa” y dijo que Thiel “tiene intereses en el sector de agronegocios”. Fue, probablemente, la frase más costosa en términos de credibilidad que Javier Milei pronunció en lo que va de su mandato.
Porque Peter Thiel no viaja desde Silicon Valley a Buenos Aires para hablar de soja.
Thiel tiene 58 años, nació en Alemania y creció en California. Es cofundador de PayPal —junto a Elon Musk, con quien tiene una relación de décadas de idas y vueltas—, primer inversor externo de Facebook, y creador de Palantir Technologies, una empresa cuyo valor de mercado supera los 350.000 millones de dólares y cuyo nombre proviene de los orbes mágicos de El Señor de los Anillos: las piedras que permiten ver todo, en todas partes, al mismo tiempo. La metáfora no fue elegida al azar.
Palantir nació en 2003, financiada por In-Q-Tel, el brazo de inversión de la CIA. Su primer cliente fue el gobierno de Estados Unidos. Su primer producto fue un sistema de análisis de datos diseñado para localizar terroristas después del 11 de septiembre. Desde entonces, la empresa nunca se alejó demasiado de ese origen. En 2025 firmó un contrato de 10.000 millones de dólares con el Ejército estadounidense para centralizar el manejo de software y datos durante la próxima década.
Desarrolla el sistema de misiles antiaéreos “Domo Dorado” de la administración Trump. Provee herramientas al ICE para identificar, localizar y deportar migrantes. Y, según admitió públicamente su propio CEO, su tecnología fue utilizada en el ataque a la infraestructura nuclear iraní en 2026.
Alex Karp, filósofo de formación y CEO de Palantir, lo dijo ante un foro en Washington con la precisión de quien describe un triunfo deportivo: “Si mirás la operación ‘Martillo de medianoche’, la operación en Venezuela para capturar a Maduro, o la operación que estamos viendo en Irán, ves una sociedad dominando totalmente, y esa sociedad es la nuestra”. No hay ambigüedad posible. No hay subtexto. Es el texto.
La primera visita de Thiel a la Argentina había ocurrido en mayo de 2024. El nexo fue Alec Oxenford —hoy embajador argentino en Washington— y el encuentro con Milei dejó en el empresario una impresión que él mismo describió como entusiasmo genuino. En octubre de ese año, en un foro del Club Económico de Miami, Thiel formuló una pregunta retórica que era, en realidad, una declaración de intenciones:
“¿Por qué nos interesa tanto lo que pasa en Argentina? La respuesta es que sentimos que Argentina podría ser el futuro de Europa y de Estados Unidos”.
Hay que detenerse en esa frase. No dice que Argentina es un buen mercado, ni que tiene potencial de crecimiento. Dice que Argentina podría ser el futuro. El laboratorio. El ensayo general.
Cuando Thiel regresó en abril de 2026 no llegó solo a reunirse con el Presidente. Antes de pisar Casa Rosada, ya se había reunido con Santiago Caputo, el asesor más poderoso del gobierno, con influencia directa sobre la SIDE. Y la semana siguiente, también mantuvo encuentros con autoridades del organismo de inteligencia argentino. Ninguna fuente oficial confirmó ni desmintió nada. El silencio oficial fue, en este caso, más elocuente que cualquier cosa.
Hay que comprender qué hace Palantir exactamente. Sus plataformas Gotham y AIP no son simples programas de gestión de datos. Son sistemas capaces de cruzar en tiempo real información proveniente de satélites, drones, redes sociales, registros financieros, cámaras de vigilancia y comunicaciones intervenidas, y convertir todo ese volumen en inteligencia procesada: perfiles individuales, mapas de amenaza, decisiones automatizadas de objetivos.
La misma tecnología que guio misiles sobre Irán puede construir un perfil de un dirigente sindical, un periodista, un candidato opositor o una organización de derechos humanos. No es una posibilidad teórica. Es el uso documentado que hace en otros países.
Días antes de la reunión en Casa Rosada, el empresario compró una mansión de 1.600 metros cuadrados en Barrio Parque por cerca de doce millones de dólares. Y según rumores no confirmados estaría interesado en comprar territorio en la Patagonia. No tierras productivas en el sentido convencional. La Patagonia, en la cosmovisión de Thiel y del movimiento tecnolibertario al que pertenece, tiene otro valor: es el refugio. El territorio donde la élite de Silicon Valley planea sobrevivir al colapso del hemisferio norte.
Detrás de cada decisión de Thiel hay una ideología que él mismo no disimula. En octubre de 2025, en una serie de conferencias privadas, calificó a la activista climática Greta Thunberg y a quienes critican el desarrollo sin restricciones de la inteligencia artificial como “legionarios del Anticristo”. No es retórica religiosa decorativa. Es parte de un sistema de creencias coherente que combina el aceleracionismo tecnológico del filósofo Nick Land, el pensamiento neorreaccionario de Curtis Yarvin y una lectura escatológica del cristianismo donde el fin de los tiempos y la singularidad tecnológica convergen en el mismo punto de la historia.
Nick Land, el “padre” del aceleracionismo contemporáneo, plantea que las fuerzas tecnológicas y capitalistas deben intensificarse sin importar sus efectos desestabilizadores, que la democracia no es garante de la libertad sino un obstáculo para la innovación, y que el fin de la democracia es la condición de posibilidad de un salto hacia un futuro transhumanista.
En esa visión, la misión histórica de la humanidad es desarrollar la IA hasta el punto en que ésta supere a sus creadores. Cuando eso ocurra, sobrevivirá una élite de transhumanos que habrán usado la tecnología para vencer a la biología. El resto de la humanidad habrá cumplido su función histórica. Thiel no solo financia ideas: financia compañías de longevidad y ha declarado, sin ironía, su objetivo personal de no morir.
El 18 de abril de 2026, Palantir publicó en X el resumen de 22 puntos que el mundo leyó como su manifiesto. La élite ingenieril de Silicon Valley “tiene la obligación afirmativa de participar en la defensa de la nación”. Las democracias occidentales deben dejar de disculparse por su historia. La era de la disuasión nuclear terminó: la nueva disuasión se construye sobre armas de inteligencia artificial, “un campo donde los adversarios no se detendrán en debates teatrales sobre ética o seguridad”. “Algunas culturas han producido avances vitales”, concluye el texto, mientras “otras permanecen disfuncionales y regresivas”.
La Argentina que Thiel encontró es exactamente el escenario que necesitaba: un gobierno ideológicamente afín que ya reformó la ley de inteligencia por decreto, que expulsó a la prensa el día que él llegó, que construyó un marco normativo sin regulación ambiental para los data centers y que tiene a un asesor presidencial señalado por el propio embajador de Trump como “interlocutor prioritario”. La suma de estas piezas no es accidental. Es parte de la arquitectura de dominación global imperial, tecno fascista del imperio estadounidense…
Lo subrayado/interpolado es nuestro.











